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Días de vino y libros

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TRIBUNA ABIERTA
CARLOS MIRAZ

La vocación tabernera es prolífica en acoger creatividad de toda índole, poética, literaria, artística...

Ala búsqueda del tiempo perdido por mor de la pandemia han convivido al menos por unos días la Cata de vino y la Feria del Libro. Lejos queda en el tiempo (aunque tampoco demasiado) aquella ciudad bravía de las trescientas (¿o eran quinientas?) tabernas y una sola librería. Ahora hay más librerías (aunque también el recuerdo imborrable de algunas desaparecidas) e incluso en alguna cabe comprar alguna botella o degustar una copa de bon vino (ya Berceo había intuido la posibilidad del maridaje). Porque si la vocación por acompañar algún acto librero con tapa y copita puede considerarse más reciente, la tabernera (que no tabernaria) es prolífica en acoger creatividad de toda índole, poética, literaria, artística, musical... Y no digamos conclaves políticos y hasta asociacionismos periodísticos. Todavía no hace muchos años había recorridos por ellas entretejidos con la glosa o presentación de algunas obras, mientras otras acogen hoy clubs de lectura o rememoran los cuentos amontillados de Poe. Y ello sin olvidar que el himno universitario por excelencia tiene un origen goliárdico y que Gaudeamus era la manera de iniciar numerosas canciones In taberna (los amantes de los Carmina Burana enseguida atarán cabos) donde el término estaba asociado a fiesta, regocijo y comida y bebida abundantes. Lo recuerda Cervantes en el Licenciado Vidriera o en Rinconete y Cortadillo.

Luego vino Brahms y utilizó la música para el finale de su opus 80, la Obertura Solemne para un festival académico, compuesta al serle concedido el doctorado honoris causa por la Universidad de Breslau (Wroclaw) en el año 1879. Y desde entonces tiene la solemnidad que hoy conocemos. Para adentrarse en el Gaudeamus, literaria, musicalmente y hasta con cierto humor es absolutamente recomendable un pequeño pero magnifico librito, obra del catedrático de Latín de la UCO Miguel Rodríguez-Pantoja, editado por su Servicio de Publicaciones en 1992 y posiblemente no reimpreso desde entonces. Por cierto que, hablando de solemnidades, quizá al hilo del medio siglo de nuestra Alma Mater, cabría recuperar una marcha académica que el querido y recordado Luis Bedmar -ligado musicalmente a tantas aperturas , ceremonias y eventos universitarios a lo largo de esa mediocentenaria historia de una institución que siempre estimó y cuidó con esmero- compuso al efecto y estrenó como colofón de una inauguración del curso, allá por finales de los ochenta, posiblemente celebrada en la Facultad de Medicina.

Además de la conmemoración de los cien años de la obra de Proust, la Feria del libro cordobesa propone conjuntamente la del centenario del Ulises, otro peso pesado de la literatura universal. Aunque quizá nos resulte más próxima, mas «cordobesa» por parte de autor, otra que cumple mil años: El collar de la Paloma, de Ibn Hazam, cuyos textos rememoraba hace pocos días la Capella de Ministrers abriendo el 25ª ciclo de música antigua que cerrará Aquel Trovar precisamente sobre otro libro amatorio.

Recuerdo haber leído El collar... por primera vez tras entrevistar a Emilio García Gómez con ocasión de su investidura como doctor honoris causa de la UCO celebrada en la capilla de Villaviciosa de la Mezquita- catedral. Un acto muy emotivo que don Emilio convirtió, con sencillez y erudición, en entrañable. En la conversación me contó los avatares de su traducción de la obra y las desventuras de Aben Hazam, quien, con otros de los mejores literatos de la época, llegó a formar parte, como visir, de la corte del califa Adberramán V Mustazhir, cuyo reinado, «haciendo buena la opinión de Platón sobre los poetas en el gobierno de la República», duró 46 días antes de ser asesinado. La traducción sigue siendo toda una referencia y el libro un primor literario, aunque para don Emilio resultó «un hijo díscolo torcido hacia el donjuanismo por la magia simpática del tema». Lo expresó con una locución latina del siglo II, habent sua fata libelli, que en su versión completa reza pro captu lectoris habent sua fata libelli y que, más o menos, nos viene a decir que según la capacidad del lector los libros tienen su destino. Quien haya leído El nombre de la rosa recordará también la frase «los libros comparten sus destinos con sus lectores».

La máxima une en el tiempo ambas conmemoraciones de El collar... y del Ulises, a cuyo complejo y controvertido contenido alude Joyce en una carta a su editor diciendo que «tras imprimirlo, los lectores le han dotado de vida propia. Habent sua fata libelli». Pero el aforismo es también una buena llave para que cada cual se acerque a la Feria del Libro y fabrique su particular destino compartido. Nada impide luego socializar con una copa de buen vino porque también los caldos comparten fama y ventura con quienes los degustan. En cuanto a novedades, me está encantando el Cervantes del cordobés Muñoz Machado (además de corroborarme el dicho de Tierno Galván afirmando que el saber no ocupa lugar... pero pesa).

[publicado en diario CÓRDOBA 26/abril/2022]